Historia y Origen
Mucho antes de la llegada de los españoles y de la introducción de la destilación en América, los pueblos originarios de Mesoamérica ya dominaban el arte de la fermentación natural. A partir del maíz, frutas, trigo y otros granos, se elaboraban bebidas destinadas a rituales, celebraciones comunitarias y momentos sagrados de la vida cotidiana. Estas bebidas no eran solo alimento o recreación: eran identidad, vínculo y conocimiento transmitido de generación en generación.
Con la colonización llegó una nueva técnica: la destilación, utilizada inicialmente para la elaboración de alcoholes, perfumes y preparados medicinales. Con el tiempo, este conocimiento fue adoptado y reinterpretado por las comunidades locales, dando origen a destilados propios, hechos con lo que la tierra ofrecía y bajo métodos artesanales.
Durante siglos, en las fincas y haciendas, los trabajadores indígenas y campesinos elaboraban su propio guaro para celebrar festividades importantes. Sin embargo, con la industrialización y la regulación de los procesos, la producción artesanal fue marginada. Los pequeños productores quedaron fuera del sistema formal y, para proteger su conocimiento y su forma de vida, trasladaron la elaboración a zonas apartadas, barrancos y montañas. Así nació el nombre con el que aún se le conoce popularmente: “guaro de barranco”, o Cusha.
A pesar de la clandestinidad forzada, la tradición nunca desapareció. La Cusha siguió siendo parte esencial de la vida comunitaria. En muchas regiones, por ejemplo, la preparación de la Cusha era un ritual previo a las bodas: el futuro esposo subía a la montaña junto a su padre llevando la caña de azúcar, mientras el padre de la novia aportaba el trigo. Juntos elaboraban la bebida que sería compartida con los invitados, mientras las mujeres se encargaban de la vestimenta tradicional —el tzute— y de la preparación de los alimentos. Era un trabajo colectivo, simbólico y profundamente humano.
Hasta hoy, la Cusha continúa produciéndose en pequeñas cantidades, de forma artesanal, aunque cada vez es menos visible. En algunos pueblos, aún se conserva la costumbre de tomar un octavo de Cusha al mediodía, después de cortar la milpa, antes de regresar a la segunda jornada de trabajo. Muchos dicen que les da fuerza, que es natural, y que prefieren la Cusha al “sellado”, nombre con el que se refieren a los destilados industriales, los cuales —según la tradición oral— “hacen daño”.
La Cusha no es solo una bebida. Es memoria, resistencia y herencia cultural. Hoy, frente al riesgo de su desaparición, nace el compromiso de mantener viva esta tradición, respetando su origen, su proceso y su significado. Honrar la Cusha es honrar a las comunidades que la han protegido por siglos y reconocerla como lo que es: un destilado propio de Guatemala, con historia, identidad y alma.